Un día como hoy, del año 1955, fallecía el genial físico alemán Albert Einstein, considerado el científico más destacado y conocido del siglo XX, Premio Nobel de Física en 1921 y autor de la revolucionaria teoría de la relatividad.
Después de ser nombrado director del Instituto Físico Kaiser Wilhelm y profesor de la Universidad de Berlín, en 1933 renunció a su nacionalidad alemana por razones políticas y emigró a Estados Unidos para ocupar una plaza como profesor de Teoría Física en la Universidad de Princeton.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Einstein se convirtió en uno de los líderes del Movimiento por un Gobierno Mundial. Cuando le fue ofrecida la presidencia del recién creado Estado de Israel, prefirió colaborar en el establecimiento de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
En el inicio de su trabajo científico descubrió las incorrecciones de la física Newtoniana y su Teoría de la Relatividad resultó ser un intento de conciliar las leyes de la mecánica con las leyes de los campos electromagnéticos.
Sus publicaciones científicas más sobresalientes fueron: Teoría especial de relatividad (1905), Teoría general de relatividad (1916), Investigaciones en la teoría del movimiento browniano (1926) y La evolución de la Física (1934).
Albert Einstein ganó numerosos premios en reconocimiento de su trabajo en el campo científico, destacando la Copley Medal de la Royal Society de Londres en 1925, y la Franklin Medal del Instituto Franklin en 1935.

El 16 de abril de 1955, Albert Einstein experimentó una hemorragia interna causada por la ruptura de un aneurisma de la aorta abdominal, que anteriormente había sido reforzada quirúrgicamente por el Dr. Rudolph Nissen en 1948.
Einstein rechazó la cirugía, diciendo: “Quiero irme cuando quiero. Es de mal gusto prolongar artificialmente la vida. He hecho mi parte, es hora de irse. Yo lo haré con elegancia.”
Murió en el Hospital de Princeton a primera hora del 18 de abril de 1955 a la edad de 76 años. En la mesilla quedaba el borrador del discurso frente a millones de israelitas por el séptimo aniversario de la independencia de Israel que jamás llegaría a pronunciar, y que empezaba así: “Hoy les hablo no como ciudadano estadounidense, ni tampoco como judío, sino como ser humano”.
Einstein no quiso tener un funeral rutilante, con la asistencia de dignatarios de todo el mundo. De acuerdo a su deseo, su cuerpo fue incinerado en la misma tarde, antes de que la mayor parte del mundo se enterara de la noticia. En el crematorio solo hubo 12 personas, de los cuales estuvo su hijo mayor. Sus cenizas fueron esparcidas en el río Delaware a fin de que el lugar de sus restos no se convirtiera en objeto de mórbida veneración. Pero hubo una parte de su cuerpo que no se quemó.
Durante la autopsia, el patólogo del hospital, Thomas Stoltz Harvey extrajo el cerebro de Einstein para conservarlo, sin el permiso de su familia, con la esperanza de que la neurociencia del futuro fuera capaz de descubrir lo que hizo a Einstein ser tan inteligente.
Lo conservó durante varias décadas hasta que finalmente lo devolvió a los laboratorios de Princeton cuando tenía más de ochenta años. Pensaba que el cerebro de Einstein “le revelaría los secretos de su genialidad y que así se haría famoso.”
Hasta ahora, el único dato científico medianamente interesante obtenido del estudio del cerebro es que una parte de él (la parte que, entre otras cosas, está relacionada con la capacidad matemática) era más grande que la misma parte en otros cerebros.








